De retos y propósitos

Captura de pantalla 2015-11-09 a las 20.01.26Desde hace mucho tiempo, cada año me reservo un momento para mí entre Año Nuevo y Reyes para pensar en lo que me gustaría hacer el año que comienza. La típica lista de retos o propósitos, vamos. Empecé haciendo listas bastante largas y quizás algo difusas (tipo: ser feliz… mmm ¿feliz? ¿qué significa eso? ¿no lo era ya?). Luego, gracias al entorno laboral en el que he trabajado mucho tiempo, empecé a elegir, reducir y concretar mucho más mis propósitos. Tenía una lista para mis retos profesionales, otra para mis retos personales y otra para mis retos en relación con los demás (familia, amigos, etc). Un poco lío, lo sé. Todavía eran demasiados y lo normal era olvidarme de la mayoría de ellos antes de acabar enero.

Quisiera decir que he conseguido no marcarme objetivos para este año. Que lo que haga o consiga, bienvenido sea. Que si de verdad quiero algo, iré a por ello, con objetivos o sin ellos. Que viva la emoción y lo inesperado a la vida ¿verdad?

Pero yo soy incapaz porque me conozco. Necesito tener unas mínimas líneas marcadas y, ya si eso, salirme de ellas para luego regresar. Por eso, ahora me fijo dos o tres propósitos, no más. Dos mejor que tres. O uno, incluso. Propósitos que sean realmente significativos y puedan marcar una diferencia en mi vida entre hacerlos y no hacerlos (el de hacer más deporte lo he dejado por imposible; sé que es bueno para mi salud, pero estoy aburrida de incumplirlo año tras año, lo cual significa que no me motiva lo suficiente). Propósitos que pueda cumplir y que, al echar la vista atrás a finales del 2016, pueda decir: me lo propuse, hice esto o aquello para conseguirlo, funcionó o no funcionó y lo conseguí (o quizás no). Pero que no se queden en las típicas buenas intenciones.

Uno de ellos va a ser reforzar mi relación de pareja. Los hijos, los trabajos, la rutina, las aficiones respectivas… mil cosas nos distraen cada día, impidiéndonos estar cerca en todos los sentidos. Y esas cosas se notan, sobre todo después de más de veinte años. De repente un día, lo miras y piensas que no hay diferencia entre estar con él o sin él. Y ahí empieza lo malo, como diría Javier Marías. El amor, si no se cuida, se escurre por mil rendijas de nuestra vida cotidiana, y vuela a su aire como un globo que se ha escapado de nuestra mano.

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Amigas estupendas, imprescindibles y complejas

amigas_webMe he terminado estos días Un mal nombre, segundo libro de la Cuatrilogía  Dos amigas, de Elena Ferrante, que cuenta la amistad de Lenú (la narradora) y Lila, a lo largo de su vida desde su infancia en uno de los barrios más pobres de Nápoles. Me lo he leído incluso más rápido que el primero porque la historia se te agarra al pecho, te mantiene en vilo en cada una de sus 554 páginas, siguiendo el hilo de los sentimientos contradictorios de estas dos amigas,  y ya no te deja respirar hasta que termina en un ay, deseando correr a abrir el siguiente tomo y continuar leyendo.

Cuando leo un libro que me atrapa, me entra una curiosidad enorme por el autor/autora. De Elena Ferrante se sabe poco porque es un seudónimo que utiliza la escritora para ocultar su verdadera identidad, pero me llamó mucho la atención lo que decía en esta entrevista que le hicieron: al escribir, necesita descubrir que se acerca a la verdad en el relato. Si no es así, lo deja. Y la historia de Dos amigas suena tan verdadera, que parece como si fuera la suya propia.

Estas dos mujeres mantienen a lo largo de su vida una relación complicada en la que se entrecruzan familias, amigos, novios, aspiraciones individuales y colectivas del barrio en el que viven, y retrata con bastante profundidad una de esas amistades tan propia de nosotras, las mujeres, en la que Lenú y Lila se mueven del amor a la rivalidad, de la lealtad a la traición, de la envidia por los éxitos de la otra a los celos, al y yo más, o al no puedo estar ni contigo ni sin ti… Y esta historia me ha tenido rumiando varios días sobre la influencia que tienen algunas personas en nuestra vida, sobre la construcción de la propia identidad, o sobre cómo nos vemos reflejadas en las miradas de los demás.

Dicen que nunca antes de esta trilogía la amistad entre dos mujeres había sido el tema central de una novela, ¡con el juego que damos! Más allá de los tópicos que aparecen de vez en cuando en las películas, creo que las mujeres tenemos un universo propio y rico de amistades y sentimientos entre nosotras sin los que no podemos vivir. ¿Os imagináis qué sería de nosotras sin nuestras amigas?

No sé si habéis tenido alguna vez una amistad de amor/rivalidad, como la que cuenta este libro. Yo sí. Fue hace mucho tiempo, con la que fue mi mejor amiga durante la infancia-primera adolescencia: una niña guapísima, simpática, deportista, que servía de ejemplo continuamente a los que me rodeaban, mientras que lo poco en lo que yo conseguía destacar era en mis calificaciones. La admiraba y al mismo tiempo, la envidiaba. Y quizás ella me envidiaría a mí otras cosas porque pasábamos de ser “las mejores amigas del mundo” a “enfadarnos para siempre” en cuestión de minutos. Ya en el instituto, nos distanciamos. No sé por qué, pero al igual que Lenú en algunos momentos del libro, sentía que era mejor para mí alejarme de ella e intentar reafirmarme yo misma, tal y como era, sin compararme constantemente con ella. Y finalmente, cuando mi familia se mudó a vivir fuera un año, perdimos el contacto definitivamente.

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Hace un tiempo alguien me preguntó cuántas amigas “de verdad” tenía, de esas a las que se lo cuentas todo.  Lo pensé unos segundos y le respondí que como doce o trece. Y esa persona me dijo: no, digo amigas de verdad; amigas de las que se cuentan con los dedos de una mano. Reduje el número bastante, pero en realidad, era mentira. Lo cierto es que tengo suerte: tengo una buena lista de “amigas de verdad” que he ido sumando a lo largo de mi vida y que aún no descarto seguir aumentando.

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11 cualidades que me gustan de un hombre

Captura de pantalla 2015-12-09 a las 11.01.58Hace tiempo leí un artículo escrito por una mujer madura sobre las 11 cosas deseables en un hombre cuando ya has superado hace bastante tiempo la ceguera de los 20 años y tienes la suficiente experiencia como para tener un criterio más asentado.  Lo tenía guardado como “inspiración” para escribir mi propia lista de las cosas que a mí me gustan en un hombre ahora que yo también he llegado a los cuarenta y tantos (a propósito de mi anterior post de la semana pasada sobre los protagonistas de las novelas románticas).

Sin embargo, cuando terminé de releerlo hace un par de días con el fin de empezar a escribir mi post, lo único que pude decir es: Amén. No puedo añadir ni quitar una coma de las cualidades que incluye esta lista, tan claramente explicadas. Suscribo cada una de ellas, y por más que lo pienso, no se me ocurre nada más que añadir, así que lo único que puedo hacer es transcribirlas aquí:

“Cuando ves a un hombre, ¿en qué te fijas primero?

Estuve un momento pensándolo. ¿En los ojos? ¿El pelo? ¿La sonrisa? ¿Los hombros? No, ninguna de estas respuestas me encajaba. Cuando era más joven, me solían gustar los hombres altos, delgados y con el pelo oscuro. Pero ahora, a mis 52 años, no tengo un tipo de hombre concreto. Al menos, no un tipo de físico. Me atraen los hombres con una sensualidad palpable. Pero, entonces, me pregunté: ¿qué es lo que da a un hombre ese atractivo que se percibe cuando pasa?”

1. Fuerza. No me refiero a cuánto peso puede levantar tumbado, aunque unos buenos pectorales no hacen daño. Me refiero a la fortaleza interior. Una fuerza arraigada en un hombre que sabe quién es. No hay nada más sexy que un hombre con los pies en el suelo, consciente de los impulsos y la rabia que pueden haberle descarrilado de joven, y con una seguridad en sí mismo que expresa, sin arrogancia, que no tiene nada que demostrar.

2. Vulnerabilidad. Un hombre no puede ser fuerte si no es también vulnerable. Esto significa que es capaz de contarte lo que quiere, lo que teme, la forma en que le haces sentir, lo que ha cambiado, lo que ha superado, lo que puede con él. Sin transparencia, no hay verdadera intimidad, ese ingrediente que hace que el sexo siga siendo sensual cuando empieza a disiparse el subidón inicial de deseo.

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Paul Newman y Joanne Woodward

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Protagonistas de nuestras historias de amor

Manos entrelazadas

Me encanta leer de todo, siempre que sea bueno (o al menos, que esté bien escrito, aunque luego el libro no colme mis expectativas), y según las épocas, he leído más o menos novela romántica. Soy de la opinión de que hay muy buenas escritoras dentro de este género, tan buenas como en la novela policíaca, o en la de suspense, por citar géneros populares últimamente. También es cierto que me he encontrado con mejores escritoras extranjeras de novela romántica que españolas, aunque ya hay algunos buenos ejemplos patrios.

En general, pienso que es un género menospreciado, no ya de segunda categoría sino de tercera o menos, aunque no a nivel de ganancias para la editoriales: la novela erótica está de moda desde las famosas “Sombras de Grey” y se vende como churros (a pesar de que, en mi opinión, la escasa calidad de los libros va en detrimento del género), y la romántica tampoco goza de mala salud. Personalmente, me gusta más la romántica tal y como es ahora, con escenas de sexo más explícitas de lo que eran antes, pero con el amor como eje fundamental de la historia.

Todo este rollo viene a colación de que a veces me pregunto por qué me enganchan tanto las novelas románticas si, en la mayoría de los casos, las protagonistas poco tienen que ver conmigo, por tiempo o por edad, ya que en el romance histórico rondan los veinte y en la romántica contemporánea, están en la treintena. Y de los protagonistas ni te cuento… aunque es cierto que puestas a soñar, vamos a hacerlo con George Clooney o algún espécimen similar. 

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Siempre nos quedará Facebook

Hace unos meses, una amiga me contó una historia curiosa que había vivido otra amiga suya a través de uno de esos portales de citas. Volví a casa dándole vueltas, imaginando si esto, si aquello, y entre estación y estación, se me ocurrió una historia alternativa que cuento aquí:

Muchos días se sentía una escoba al azuzar el paso adormilado de sus hijos por el pasillo.Cada mañana se levantaban aletargados, sin energía, y ella repetía la misma cantinela de siempre: ¡esta noche os voy a meter en la cama a las nueve de la noche! ¡Así no habrá cansancio que valga!
En cuanto se cerró la puerta de la calle detrás de sus mochilas, la casa se quedó detenida en un silencio súbito, como si la hubieran sellado al vacío. El único ruido que oyó a lo lejos fue el repiqueteo del agua en el baño. Javier se estaba duchando. Comprobó la hora en el reloj de la cocina: como no se diera prisa en terminar, llegaría tarde al trabajo.

Se sirvió su primer café del día, el que mejor le sabía, pausado y a solas, repasando todo lo que tenía por delante: limpiar la casa, poner la lavadora, pensar qué hacer de cena (a mediodía, a ella le valía cualquier cosa), sacarle el bajo a los pantalones de Paulita, que había crecido desde el mes pasado, revisar ofertas de trabajo en esa web de empleo, seguir enviando currículums, comprobar si le habían respondido los de la entrevista de la que salió tan contenta, convencida de que esta vez tendría suerte y la cogerían, llamar a excompañeros, que no se olvidaran de ella, que aquí seguía, desesperada por colocarse cuanto antes…

Javier apareció de pronto en la cocina, con prisas, envuelto en el olor fresco de su colonia y vestido con su traje de chaqueta gris, el pelo oscuro y espeso, aún mojado. Pronunció un buenos días sordo sin mirarla apenas, porque lo único que buscaban sus ojos era la cafetera. Su móvil no dejaba de lanzar pitidos suaves e insistentes, uno, y otro y otro… Entre semana, Javier ni siquiera se sentaba a la mesa: se bebía de pie el café negro sin azúcar, amargo a más no poder, mientras hojeaba los titulares del periódico en la Tablet apoyada en una especie de atril.

Después de dejar su taza en el fregadero, se volvió hacia ella haciendo ademán de decir algo. Ella lo observaba detrás de su taza, expectante. Finalmente, calló.
Otra vez será, se dijo.

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Recuperar espacios propios y personales

Espacios personales

Hace un tiempo (no tanto), me di cuenta de que en algún momento de mis treinta años había aparcado aficiones, intereses y lecturas porque mis prioridades entonces eran mi trabajo, mis hijos, mi familia. Dejé de lado mis espacios personales.

Hablándolo con distintas amigas coincidíamos en que cuando las mujeres conseguimos sacar algo de tiempo libre, corremos a casa a dedicarlo a nuestros hijos. Los hombres, por el contrario, cuando tienen tiempo libre, suelen tomárselo para sí mismos (para hacer deporte, para quedar con otros, para lo que sea). No es un problema de ellos, es que nosotras solemos renunciar a esos espacios personales en favor de nuestra familia. Hasta que los hijos (por suerte), crecen.

Cuando entré en la cuarentena, con mis hijos menos dependientes de mí y un trabajo en el que había perdido motivación, empecé a recuperar viejos hábitos y aficiones. Fue un proceso lento, como un desperezarse tras una etapa de “hibernación intelectual” tras la que, casi sin darme cuenta, fui dando pequeños pasos en ese sentido:

tazasRecuperé antiguas amistades. Eso de quedar con una amiga o amigas, tomarse algo por ahí, o ir a alguna exposición, charlar de todo y de nada, reírse mucho y bien un rato, es impagable. No sólo te das cuenta de que las buenas amistades perduran a pesar de los años, sino que además, vuelves a casa con la sensación de estar conectada de nuevo a la vida social, al mundo.

Sustituí la tele por la lectura. Dejé de apoltronarme en el sofá después de acostar a los niños, salvo que emitieran alguna de mis series favoritas  (Juego de Tronos, TheGoodWife, Breaking Bad, Mad Men…). Recuerdo que cuando arrancó la primera temporada de Juego de Tronos, era incapaz de esperar al siguiente capítulo, me moría por saber cómo continuaba, así que compré el libro y lo devoré en unos días. Y luego tuve que seguir con el resto, por supuesto. Por lo demás, la programación televisiva me aburre. Volví a leer de manera habitual, cada noche. Incluso pedí un ebook por mi cumpleaños (¡yo, que había sido defensora acérrima del papel, que iba a las librerías y me dedicaba a olisquear los libros a escondidas!) y a día de hoy puedo decir que ha sido el mejor regalo que he tenido en muchos años. Con el ebook leo en cualquier sitio donde deba esperar, en el dentista, en el banco y hasta en la cola del supermercado. Cuando algunas amigas me dicen “a mí me siguen gustando más el tacto del papel”, yo respondo que a mí también, pero por encima de eso, me gusta leer historias, independientemente del soporte donde las lea.

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