De propósitos y manifiestos personales

Manifiestos personales

Mis arranques de año son lentos, un poco contemplativos. Brujelo por aquí, por allá. Dudo, luego leo. De todo un poco, como si necesitara realimentarme. O inspirarme, no sé. Después ya me centro y me pongo con los propósitos marcados. Últimamente, me tienta redactar un pequeño manifiesto personal (y privado). Algo así como un qué soy, en qué creo profundamente, qué me mueve, qué quiero hacer y cómo quiero vivir aquello en lo que creo. Casi nada.

Todo cuanto fue 2018 y el misterio de lo que será 2019

Decimos adiós a 2018 y nos abrazaremos al 2019, un número que a mí me suena a misterio: el regalo de la vida envuelto en el misterio de vivirla. No sabemos lo que vendrá, pero sí lo que ha dado de sí un año que ya no será un número, sino que tendrá su nombre especial ligado a un montón de recuerdos que repaso aquí, a modo de brindis de despedida.

10 señales de que me hago mayor

10 señales de que me hago mayor

Cumples años y de pronto te das cuenta de que te haces mayor. Pero de verdad. Ya no es tan positivo, ni suena tan guay. De hecho, hay una serie de señales que te avisan de que empiezas a estar un poquito “fuera de onda” a pesar de que tú te ves estupenda. Ni caso, tú, feliz.

El circo de las mariposas

Cartel de El circo de las mariposas
Me llegó hace tiempo.  Lo vi sola, lo vi con mis hijos, lo vi con amigos… y todavía hoy, me sigo emocionando al verlo. Quizá lo conozcáis, pero si no, os animo a sentaros y disfrutarlo. Es maravilloso.

El corto “El circo de las mariposas” trata sobre las limitaciones que nos ponemos nosotros mismos, sobre cómo nos influye la mirada de los demás en nuestra propia percepción, sobre la belleza que hay en todas nuestras imperfecciones, sobre la dignidad…

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No es un #8demarzo cualquiera

Ilustraciones de Tina Berning

Aspiro, señores, a que reconozcáis que la mujer tiene destino propio; que sus primeros deberes naturales son para consigo misma, no relativos y dependientes de la entidad moral de la familia que en su día podrá construir o no construir; que su felicidad y dignidad personal tiene que ser el fin esencial de su cultura, y que por consecuencia de ese modo de ser mujer, está investida del mismo derecho a la educación que el hombre.

Emilia Pardo Bazán,
en su discurso del Congreso Pedagógico Hispanoamericano. Madrid, 1892

Esta cita, que precede al inicio de El Indiano, estuvo a punto de cambiarle el título en el último momento. Desde que escribí la primera página, el documento sobre el que trabajaba se llamó Indiano, a secas. Era la historia de Héctor Balboa, lo tenía claro. Pero luego llegó Micaela y comencé a leer escritos de Concepción Arenal, como La mujer del porvenir y otros, así como documentos sobre los congresos pedagógicos de 1882 y 1892, y sobre las maestras y la educación en España en aquellos años. Y después apareció el torrente desbordante de Emilia Pardo Bazán, primera feminista invisible, aún poco reconocida (en mi opinión), y Micaela quiso eso por lo que que doña Emilia clamaba, como voz en el desierto, para las mujeres de su época: Un destino propio.

Las reivindicaciones de doña Emilia: misma educación para niños y niñas

Tanto en el congreso pedagógico de 1882 como en el de 1892 con el que termina la novela y en el que habló Pardo Bazán, se pedía la misma educación para niños que para niñas. No era aceptable que los niños aprendieran matemáticas, física, naturales o historia y que el programa de las niñas fuera higiene doméstica, bordados y costura, nociones básicas de matemáticas para llevar una casa, y doctrina religiosa, en el caso de aquellas que pudieran ir a la escuela, que eran una minoría. Y por supuesto, para ellas estaba vetada la educación secundaria. ¿Para qué?

En el congreso de 1892 ya se reclamaba la igualdad salarial entre los maestros y las maestras. Había una «brecha salarial» sangrante ente ambos. Y también se reclamaba el derecho a trabajar en la profesión que ellas desearan, sin restricciones. No lo consiguieron, claro está. Los hombres y también las propias mujeres, no lo consideraban adecuado.

Han pasado 125 años desde entonces y hemos progresado mucho en lo que a la situación de la mujer se refiere, sobre todo en los últimos 40 años pero, ¿lo suficiente para el momento en que estamos, de avances en todos los sentidos?

Ahora es el momento. Time is up.

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¿Qué hace una mujer como tú escribiendo novela romántica?

Sentido y sensibilidad, Jane Austen
Imagen de la película Sentido y sensibilidad, basado en la novela de Jane Austen

¿Qué hace una mujer como tú (es decir, más o menos leída, peleona dialéctica de causas perdidas y defensora de planteamientos feministas) escribiendo novela romántica? Cuando me sueltan algo así —de una forma más o menos solapada, sibilina—, me vienen a la boca tres posibles respuestas (además de sapos y culebras):

  1. La borde: escribo lo que me sale de los ovarios.
  2. La políticamente correcta: es un género que me gusta leer, y disfruto escribiendo historias de amor. ¿Tú has leído alguna, por cierto?
  3. La racional: Ni idea. Y para eso es este post. Confieso que a veces me he hecho yo misma esta pregunta, así que declaro éste un post de  “autoentendimiento”, que tampoco me viene mal.

Algunas de las personas —hombres, la mayoría— que me preguntan que por qué escribo novelas de este género, no han leído en su vida una sola novela romántica y sus argumentos contra ellas tienen poco que ver con la crítica feminista. Simplemente, les parece un tipo de novela cursi, simplona, empalagosa, propia de mujeres que sueñan con un tipo de amor que no es real. (He buscado romántico/a en el diccionario de la RAE y ojo a su definición: sentimental, generoso y soñador. ¿Generoso? ¿Soñador? )

Otras personas sí esgrimen argumentos feministas a tener en cuenta:
son novelas que ponen el amor y/o el matrimonio como única razón/propósito vital de una mujer; muestran a la mujer (y al hombre, entiendo) como un ser humano “incompleto” sin el otro (o la otra); proclaman el amor en pareja como una unión sublime, salvadora y eterna (el imprescindible: … fueron felices y comieron perdices por siempre jamás, broche de oro de cualquier novela de amor que se precie), y a menudo, implican un sentimiento de “posesión” del otro/otra.
Además, el feminismo también denuncia que perpetúan la desigualdad entre sexos en la medida en que en esas novelas el hombre asume el rol dominante y la mujer es la parte débil o vulnerable, a la que hay que proteger (me refiero a las historias románticas heterosexuales; en las homosexuales esta última premisa supongo que desaparece o cambia).

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